El 23 de enero de 1960, Jacques Piccard y Don Walsh descendieron desde Guam, en el Pacífico occidental, hasta el fondo del Challenger Deep, una depresión de la Fosa de las Marianas. Viajaron en el batiscafo Trieste, una pequeña esfera metálica diseñada para resistir una presión extraordinaria. La inmersión duró unas nueve horas y convirtió a ambos exploradores en los primeros seres humanos que alcanzaron el punto más profundo conocido del océano. El resultado demostró que la tecnología podía llevar personas a una región hasta entonces estudiada solo desde la superficie.
Un vehículo diseñado para las grandes profundidades
A diferencia de una expedición terrestre o espacial, aquella aventura se desarrolló en un entorno inaccesible para los sentidos humanos: oscuridad permanente, temperaturas cercanas al punto de congelación y una presión capaz de aplastar cualquier estructura convencional. El descenso no fue solamente un récord. También puso a prueba la posibilidad de transportar personas hasta una región del planeta que, hasta entonces, solo podía conocerse mediante cálculos, mapas incompletos y dispositivos enviados desde la superficie.
El Trieste había sido diseñado por el físico suizo Auguste Piccard, padre de Jacques, y construido en Italia. Su funcionamiento era distinto al de un submarino convencional. En vez de desplazarse principalmente mediante hélices, el batiscafo utilizaba grandes depósitos llenos de gasolina para obtener flotabilidad. Para bajar, incorporaba tanques de agua y lastre de hierro; para subir, podía liberar parte de ese lastre.
La tripulación viajaba en una esfera de presión suspendida bajo la estructura principal. Esa cámara debía resistir la fuerza del agua a varios kilómetros de profundidad. Tras ser adquirido por la Armada estadounidense en 1958, el aparato recibió modificaciones importantes, incluida una nueva esfera fabricada en Alemania y preparada para soportar las condiciones del fondo de la Fosa de las Marianas.
La Marina estadounidense organizó el proyecto con el nombre de Project Nekton. La operación reunía intereses científicos, militares y tecnológicos. En plena Guerra Fría, conocer las profundidades oceánicas tenía valor para la oceanografía, las comunicaciones submarinas, la localización de objetos hundidos y el desarrollo de vehículos capaces de operar bajo una presión extrema.
La preparación de la inmersión en la Fosa de las Marianas
La expedición partió desde Guam, territorio estadounidense en el Pacífico. El remolcador USS Wandank transportó el Trieste hasta la zona de inmersión, situada aproximadamente a 260 millas náuticas al suroeste de la isla. Otros buques apoyaron la operación y siguieron al batiscafo mediante comunicaciones y sonar.
Antes del intento definitivo se realizaron varias inmersiones de prueba. Cada una permitía comprobar el comportamiento del vehículo, los sistemas de comunicación, la estabilidad de la esfera y la respuesta de los instrumentos. El objetivo era reducir los riesgos, aunque nadie podía garantizar que una estructura con paredes de acero y ventanas de observación resistiera las condiciones del Challenger Deep.
La mañana del 23 de enero, Piccard y Walsh entraron en la esfera de presión. El espacio interior era reducido y apenas permitía trabajar con comodidad. La visibilidad dependía de pequeñas ventanas y de los focos instalados en el exterior. Una vez separado de los buques de apoyo, el Trieste comenzó a hundirse lentamente.
El descenso hasta el fondo del Challenger Deep
El descenso tomó aproximadamente cuatro horas y cuarenta y siete minutos. A medida que aumentaba la profundidad, la presión crecía de forma constante. Durante la bajada, los exploradores atravesaron capas de agua con diferentes temperaturas y observaron el comportamiento de la estructura y de los instrumentos.
A unos 9.900 metros de profundidad, el vehículo sufrió una sacudida acompañada de un ruido fuerte. Una de las ventanas de observación se había agrietado, aunque la esfera de presión continuó intacta. El incidente obligó a valorar si debían abortar la misión. Piccard y Walsh decidieron seguir adelante porque los sistemas esenciales parecían funcionar y una subida inmediata también habría implicado riesgos.
El indicador de profundidad mostró inicialmente una cifra cercana a los 11.500 metros. Sin embargo, posteriores cálculos y correcciones de calibración situaron la profundidad real alrededor de los 10.900 metros, aproximadamente 35.800 pies. Las fuentes oficiales difieren ligeramente en la cifra exacta —por ejemplo, 35.797, 35.800 o 35.814 pies— debido a los métodos de medición y a las revisiones posteriores. Lo esencial no cambió: el Trieste había llegado al fondo del Challenger Deep.
La llegada se produjo a primera hora de la tarde. El descenso había levantado una nube de sedimento que redujo la visibilidad y limitó la observación del terreno. El plan original contemplaba permanecer unos treinta minutos en el fondo, pero la estancia efectiva fue de aproximadamente veinte minutos. Desde la superficie, los buques de apoyo mantuvieron las comunicaciones, algo que tampoco se daba por seguro a semejante profundidad.
Qué encontraron Piccard y Walsh en el fondo
Piccard y Walsh describieron el suelo como una extensión de sedimento fino. Utilizaron los focos para examinar el entorno y realizaron observaciones destinadas a evaluar las condiciones físicas y la posible presencia de vida. En los primeros relatos se mencionó la observación de organismos, incluidos camarones y una forma descrita como un pez plano.
Con el tiempo, la afirmación sobre el pez fue considerada poco fiable por especialistas, ya que la presión del Challenger Deep hace improbable la presencia de peces óseos a esa profundidad. Esta prudencia posterior no invalida la importancia de la inmersión. La misión proporcionó información directa sobre el ambiente hadal y demostró que el fondo oceánico no era un espacio completamente ajeno a los procesos biológicos.
Tras liberar lastre, el Trieste inició el ascenso. El regreso a la superficie tomó algo más de tres horas. Cuando el batiscafo reapareció, la expedición había completado la primera y, durante décadas, única visita humana al punto más profundo conocido del océano.
Consecuencias para la exploración submarina
El descenso tuvo una repercusión inmediata en la exploración submarina. Confirmó la utilidad de los batiscafos para estudiar grandes profundidades y demostró que la presencia humana era técnicamente posible incluso en las zonas más extremas del planeta. También impulsó nuevas investigaciones sobre presión, materiales, comunicación submarina y diseño de vehículos de inmersión profunda.
El Trieste no se convirtió en un instrumento rutinario. Era voluminoso, tenía una capacidad de maniobra limitada y requería una compleja operación de apoyo. Con el tiempo, los vehículos teledirigidos y los sumergibles científicos ofrecieron mayor autonomía para cartografiar, filmar y recoger muestras, como ocurrió durante el descubrimiento del Titanic tras 73 años bajo el océano. Aun así, la misión de 1960 conservó un valor simbólico y técnico excepcional.
Durante más de medio siglo, nadie repitió el descenso con una misión tripulada. En 2012, el explorador y cineasta James Cameron alcanzó el Challenger Deep en solitario a bordo del vehículo Deepsea Challenger. Posteriormente, otros sumergibles regresaron a la zona con instrumentos más avanzados. Cada nueva expedición refinó las mediciones y mostró que el punto más profundo del planeta sigue siendo un laboratorio natural de enorme interés.
El legado de una inmersión de pocas horas
La inmersión del Trieste duró menos de un día, pero cambió la escala de la exploración humana. En 1960, mientras las potencias competían por alcanzar el espacio —una carrera marcada también por episodios como el que cambió la seguridad espacial tras 73 segundos—, Piccard y Walsh llevaron la investigación en la dirección opuesta: hacia una profundidad donde la presión era cientos de veces mayor que en la superficie y donde no existía luz natural.
Su logro recordó que la Tierra aún contenía territorios inexplorados incluso en una época de grandes avances tecnológicos. El descenso no resolvió todos los enigmas del océano profundo, pero transformó una frontera abstracta en un lugar visitable. Desde entonces, el Challenger Deep dejó de ser únicamente una cifra en un mapa y se convirtió en un destino concreto de la exploración científica, al igual que otras fronteras extremas alcanzadas por la tecnología, como el salto estratosférico que superó Mach 1.
Preguntas frecuentes
¿Cuándo descendió el batiscafo Trieste al Challenger Deep?
El Trieste descendió el 23 de enero de 1960, en una inmersión que duró aproximadamente nueve horas.
¿Quiénes viajaron a bordo del Trieste?
Viajaron el suizo Jacques Piccard y el teniente de la Armada estadounidense Don Walsh, los primeros seres humanos que llegaron al punto más profundo conocido del océano.
¿Cuánto tiempo permanecieron en el fondo?
El plan original contemplaba unos treinta minutos, pero la estancia efectiva en el fondo del Challenger Deep fue de aproximadamente veinte minutos. Después, el ascenso tomó algo más de tres horas.
Artículo elaborado con asistencia tecnológica, investigación de fuentes verificables y revisión editorial.

