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El 27 de octubre de 1962, durante la crisis de los misiles de Cuba, el oficial soviético Vasili Arkhipov contribuyó a impedir que el submarino B-59 utilizara un torpedo nuclear contra buques estadounidenses en el mar Caribe. La tripulación, aislada durante días y sometida a calor extremo, falta de comunicación y explosiones submarinas, creyó que podía estar bajo ataque. Arkhipov ayudó a convencer al comandante Valentin Savitsky de salir a la superficie en vez de emplear el arma. El torpedo nunca fue lanzado y el incidente permaneció secreto durante décadas.

Por qué el submarino B-59 estaba cerca de Cuba

La crisis de los misiles de Cuba comenzó en octubre de 1962, cuando Estados Unidos descubrió que la Unión Soviética estaba instalando misiles nucleares en la isla. Washington estableció una “cuarentena” naval para impedir la llegada de más equipos militares y aumentó la presión sobre Moscú. Al mismo tiempo, la Armada soviética había enviado varios submarinos diésel-eléctricos al Caribe como parte de la operación destinada a reforzar la posición soviética en Cuba.

El B-59 era uno de esos submarinos. Aunque los servicios estadounidenses no sabían que llevaba un arma nuclear, el buque transportaba un torpedo T-5 con una carga equivalente a aproximadamente diez kilotones, una potencia comparable a la de la bomba utilizada contra Hiroshima. Su empleo habría tenido consecuencias militares y políticas imprevisibles, especialmente si el objetivo hubiera sido un grupo naval estadounidense.

La misión se desarrollaba bajo condiciones muy difíciles. El submarino necesitaba permanecer sumergido para evitar ser localizado, pero sus baterías se agotaban y el aire interior se deterioraba. La nave llevaba varios días sin contacto fiable con Moscú, por lo que sus oficiales no conocían con precisión la evolución de la crisis ni las instrucciones más recientes.

Qué ocurrió el 27 de octubre de 1962

El B-59 fue localizado por buques estadounidenses que intentaban obligarlo a salir a la superficie. La Armada de Estados Unidos utilizó cargas de profundidad de señalización, explosivos diseñados para indicar al submarino que debía emerger, no para destruirlo. Sin embargo, la tripulación soviética no tenía forma de conocer con certeza esa intención.

Desde el interior del submarino, las detonaciones podían parecer ataques reales. El ruido sacudía el casco, el calor era intenso y la concentración de dióxido de carbono aumentaba. Los testimonios posteriores describieron un ambiente de agotamiento físico y tensión extrema. El comandante Savitsky llegó a interpretar la situación como una posible señal de que la guerra entre ambas potencias ya había comenzado.

En ese contexto se preparó la posibilidad de utilizar el torpedo nuclear. Las versiones más difundidas indican que Savitsky y el oficial político Ivan Maslennikov estaban dispuestos a autorizarlo, mientras que Arkhipov se opuso o exigió que el submarino saliera a la superficie antes de tomar una decisión irreversible.

Quién era Vasili Arkhipov y qué autoridad tenía

Arkhipov no era simplemente un tripulante más. Era el jefe de Estado Mayor de la brigada de submarinos soviéticos desplegada en la zona y se encontraba a bordo del B-59. Su presencia fue decisiva porque, en ese submarino, la autorización para emplear el torpedo nuclear requería el acuerdo de los tres oficiales superiores: el comandante, el oficial político y Arkhipov.

Esta particularidad hizo que su negativa tuviera un peso concreto. No se trataba únicamente de expresar una opinión ante el capitán. Sin su consentimiento, el lanzamiento no podía seguir adelante según el procedimiento establecido para esa misión. La estructura de mando creó un último punto de deliberación en una situación en la que la información era incompleta y el tiempo parecía agotarse.

Arkhipov también tenía experiencia directa con los peligros de la tecnología nuclear. En 1961 había servido en el submarino K-19 durante una emergencia en su reactor. La reparación improvisada evitó una catástrofe mayor, pero varios marineros murieron posteriormente por la exposición a la radiación. Esa experiencia no explica por sí sola su decisión de 1962, pero ayuda a entender que conocía de manera muy concreta el riesgo humano de una emergencia nuclear.

La decisión de emerger antes de disparar

La reconstrucción exacta de la discusión varía según los testimonios disponibles. No todos los relatos coinciden en si Savitsky llegó a impartir una orden formal de lanzamiento, si solo ordenó preparar el torpedo o si la discusión se concentró en la posibilidad de usarlo. Por eso, no es preciso afirmar que Arkhipov actuó como si hubiera detenido un lanzamiento ya iniciado.

Lo que sí está respaldado por los testimonios y documentos publicados posteriormente es que el uso del arma fue considerado en el B-59 y que Arkhipov desempeñó un papel central para evitarlo. Su posición consistió en no aceptar que las explosiones fueran una prueba suficiente de que había comenzado una guerra. La alternativa que defendió fue salir a la superficie y comprobar la situación antes de realizar un ataque nuclear.

Finalmente, el B-59 emergió en medio de las fuerzas navales estadounidenses. Los buques no abrieron fuego contra el submarino. La nave fue identificada y, después de permanecer en superficie, emprendió el regreso. El torpedo nuclear no se utilizó y el episodio terminó sin una confrontación armada directa.

Por qué el incidente pudo haber desencadenado una escalada

El peligro no consistía únicamente en la destrucción de un portaaviones o de varios buques. Un ataque nuclear habría podido interpretarse en Washington como una acción deliberada de Moscú contra las fuerzas que aplicaban la cuarentena. En plena crisis, con tropas en alerta y ambos gobiernos temiendo un ataque sorpresa, la respuesta estadounidense podía haber sido rápida y contundente.

Los historiadores suelen ser prudentes al describir el desenlace hipotético. No puede demostrarse con certeza qué decisiones habrían tomado John F. Kennedy, Nikita Jrushchov o los mandos militares después de una detonación. Sin embargo, el incidente demuestra que la crisis no dependió únicamente de las conversaciones entre líderes. También estuvo marcada por decisiones tomadas en barcos, aviones y submarinos cuyos tripulantes operaban con información fragmentaria.

El caso del B-59 muestra además el peligro de combinar armas nucleares con comunicaciones deficientes. Los marineros soviéticos no sabían que las cargas estadounidenses pretendían forzar una identificación y una emergencia controlada. Los estadounidenses tampoco sabían que estaban siguiendo un submarino con un torpedo nuclear. Cada bando interpretaba los movimientos del otro a partir de señales incompletas.

Cómo se conoció la historia décadas después

Durante la crisis, el episodio no se hizo público. La existencia de torpedos nucleares a bordo de los submarinos soviéticos permaneció clasificada y los servicios estadounidenses tampoco comprendieron por completo lo cerca que habían estado de una confrontación nuclear bajo el agua.

La historia comenzó a reconstruirse a partir de testimonios de veteranos soviéticos y documentos desclasificados. En una conferencia celebrada en La Habana en 2002, con motivo del cuadragésimo aniversario de la crisis, antiguos participantes aportaron detalles sobre lo ocurrido en el B-59. La divulgación cambió la interpretación tradicional de aquellos días, que se había centrado principalmente en las decisiones de Kennedy y Jrushchov.

Desde entonces, Arkhipov ha sido presentado con frecuencia como el hombre que “salvó al mundo”. Esa fórmula es llamativa, pero debe utilizarse con cuidado. La evidencia permite afirmar que su intervención ayudó a impedir el empleo de un arma nuclear en un momento extremadamente peligroso. No permite calcular con exactitud cuántas víctimas habría causado una guerra posterior ni demostrar que una sola persona hubiera controlado todo el destino del planeta.

Qué cambió después de la crisis

La crisis de los misiles de Cuba impulsó nuevas medidas para reducir el riesgo de errores de cálculo entre Washington y Moscú. En 1963 se estableció una línea directa de comunicación entre ambas capitales, conocida popularmente como el “teléfono rojo”, aunque inicialmente no era un teléfono convencional. También aumentaron los esfuerzos diplomáticos para limitar la carrera armamentística y mejorar la comunicación durante emergencias.

El episodio del B-59 añadió una lección distinta: incluso los sistemas militares diseñados con protocolos estrictos pueden acercarse al desastre cuando sus operadores están aislados, agotados y mal informados. La decisión de Arkhipov no eliminó el peligro nuclear, pero mostró el valor de introducir deliberación y controles humanos antes de emplear armas capaces de transformar una crisis local en una guerra general.

La importancia histórica del momento reside precisamente en su carácter invisible. No hubo explosión, batalla ni imagen que resumiera lo ocurrido. Hubo una discusión dentro de un submarino, una orden que no llegó a ejecutarse y una nave que finalmente salió a la superficie. La ausencia de una catástrofe hizo que el episodio fuera olvidado, pero también convirtió la decisión de Arkhipov en uno de los ejemplos más claros de cómo el juicio individual puede frenar una cadena de errores militares.

Preguntas frecuentes

¿Arkhipov tenía el poder de lanzar por sí solo el torpedo?

No. Su papel fue decisivo porque formaba parte del grupo de oficiales cuya aprobación era necesaria en el B-59. La autorización no dependía exclusivamente de él.

¿Las cargas de profundidad estadounidenses pretendían destruir el submarino?

No según la intención estadounidense. Eran cargas de señalización para obligarlo a emerger, aunque la tripulación soviética no conocía esa finalidad y pudo interpretarlas como ataques.

¿La historia se conoció inmediatamente después de la crisis?

No. Los detalles esenciales permanecieron clasificados y se difundieron públicamente sobre todo a partir de testimonios y documentos presentados en la conferencia de La Habana de 2002.