El 13 de octubre de 1972, un avión de la Fuerza Aérea Uruguaya que viajaba de Montevideo a Santiago chocó contra los Andes tras un error de posición durante el descenso. A bordo iban 45 personas, entre ellas un equipo de rugby, familiares y amigos. El fuselaje quedó en un valle cubierto de nieve, sin alimentos suficientes, ropa adecuada ni medios funcionales de comunicación. El impacto separó al grupo de cualquier ayuda inmediata y convirtió un viaje previsto en una lucha prolongada contra el frío, el hambre, las heridas y el aislamiento.
Algunas personas murieron durante el impacto y otras en los días siguientes. Los sobrevivientes tuvieron que transformar el fuselaje en refugio, distribuir los pocos alimentos disponibles y tomar decisiones para las que no existía una preparación previa. Cuando la búsqueda oficial fue suspendida, la posibilidad de un rescate cercano desapareció. Tras 72 días de espera, pérdidas y resistencia, dieciséis personas regresaron a casa.
El vuelo que terminó en un valle nevado
El vuelo había salido de Montevideo con destino a Santiago y realizó una escala por mal tiempo. Para atravesar la cordillera, la tripulación debía calcular con precisión el momento de girar hacia Chile. Sin embargo, creyó haber superado las montañas antes de tiempo e inició el descenso. Esa interpretación de la posición del avión resultó decisiva: cuando aparecieron las cumbres, ya no quedaba espacio suficiente para evitarlas.
El avión golpeó la montaña y perdió las alas y la cola. El resto del aparato se deslizó por la nieve hasta quedar detenido en un valle. El fuselaje pasó a ser el único refugio disponible, pero ofrecía una protección muy limitada frente a temperaturas extremas. Quienes habían sobrevivido al impacto no contaban con ropa adecuada, alimentos suficientes ni recursos para transmitir su ubicación. La supervivencia dependía, desde el principio, de organizar lo que quedaba y de conservar la energía.
El grupo tuvo que atender las consecuencias del accidente sin medios funcionales de comunicación ni una expectativa segura sobre cuándo llegaría la ayuda. Las heridas y el frío agravaron una situación que ya era precaria. Cada día sin contacto con el exterior aumentaba la importancia de administrar los alimentos y de mantener el refugio como espacio común. La cooperación dentro del fuselaje no eliminaba las pérdidas, pero permitía afrontar de forma colectiva problemas que nadie podía resolver por separado.
La búsqueda suspendida cambió las posibilidades de rescate
Aviones de búsqueda pasaron por la región, pero el fuselaje blanco se confundía con la nieve. La coincidencia entre el color del aparato y el paisaje impidió que quienes buscaban desde el aire identificaran con facilidad el lugar. Después de varios días, una pequeña radio permitió escuchar que la búsqueda oficial había sido suspendida. Las primeras esperanzas de un rescate inmediato quedaron así sustituidas por la necesidad de resistir durante un periodo desconocido.
La noticia cambió el sentido de la espera. Ya no se trataba solamente de aguardar a los equipos de búsqueda, sino de encontrar una manera de continuar con los recursos existentes. El frío, las heridas y la falta de comida empeoraron la situación. Las dificultades no se presentaban de forma aislada: la falta de alimentos debilitaba al grupo, mientras las temperaturas extremas hacían más difícil conservar fuerzas y protegerse dentro del fuselaje.
En ese contexto, los sobrevivientes discutieron colectivamente la decisión extrema de alimentarse de los cuerpos de quienes habían muerto. Según el relato conservado sobre aquellos días, entendieron esa decisión como la única forma disponible de obtener energía. No fue presentada como una elección sencilla, sino como una respuesta límite ante la falta de comida y la suspensión de la búsqueda. La dimensión de esa decisión forma parte inseparable de la historia, igual que la cooperación que permitió mantenerla en discusión dentro del grupo.
Más tarde, una avalancha sepultó el fuselaje y causó nuevas muertes. El refugio dejó de ser únicamente un lugar expuesto al frío y pasó a estar cubierto por la nieve, haciendo todavía más difícil la espera. Las pérdidas provocadas por el impacto, los días posteriores y la avalancha se acumularon antes de que apareciera una salida posible. A diferencia de otros casos de supervivencia prolongada, como el de José Salvador Alvarenga, que sobrevivió 438 días a la deriva, aquí el aislamiento se desarrolló en un valle nevado y obligó al grupo a considerar una marcha para buscar ayuda.
La expedición de Parrado y Canessa
Cuando llegó un clima algo más favorable, Fernando Parrado y Roberto Canessa emprendieron una marcha hacia el oeste. Al principio los acompañó Antonio Vizintín. Los tres esperaban encontrar pronto los valles de Chile, pero desde la primera gran cumbre comprendieron que las montañas todavía los rodeaban. La expedición no confirmó una salida rápida: en lugar de hallar de inmediato el descenso esperado, los caminantes tuvieron que asumir que el aislamiento era más amplio de lo que habían calculado.
La marcha se convirtió en una nueva etapa de la supervivencia. El grupo no disponía de equipo de montañismo y avanzaba con medios improvisados. Vizintín regresó para que Parrado y Canessa pudieran utilizar su ración. Esa decisión redujo el número de personas que continuaron, pero dejó a los otros dos con una posibilidad mayor de sostener el recorrido. Los dos siguieron durante diez días y utilizaron un saco de dormir improvisado para afrontar las condiciones del trayecto.
El recorrido también modificó la percepción que tenían sobre sus posibilidades. Mientras el fuselaje había sido el centro de la resistencia colectiva, la marcha exigía interpretar el terreno y continuar hacia el oeste sin una certeza inmediata sobre la distancia. Finalmente, al descender, encontraron señales de presencia humana. Ese indicio conectó la expedición con el mundo exterior y ofreció una alternativa concreta a la espera en el valle.
Parrado y Canessa vieron al arriero chileno Sergio Catalán al otro lado de un río y lograron comunicarle lo ocurrido mediante una nota lanzada con una piedra. El contacto no fue todavía el rescate, pero sí el punto que permitió transmitir la existencia del grupo y su situación. La nota transformó una búsqueda emprendida por dos sobrevivientes en un aviso que podía llegar a las autoridades.
El rescate de los dieciséis sobrevivientes
Catalán cabalgó para avisar a las autoridades. A partir de ese aviso, los helicópteros llegaron al fuselaje guiados por Parrado. La operación no pudo completarse de una sola vez: rescataron a un primer grupo el 22 de diciembre, pero el mal tiempo obligó a continuar al día siguiente. Las primeras informaciones sobre el rescate deben entenderse dentro de esa secuencia, porque el regreso se produjo en dos etapas.
El 23 de diciembre se completó la operación y los dieciséis sobrevivientes pudieron volver a casa. Habían transcurrido 72 días desde el accidente. El número resume la duración del aislamiento, pero no la sucesión de pérdidas y decisiones que lo hicieron posible: el impacto inicial, la espera sin comunicación, la suspensión de la búsqueda, la avalancha, la organización de los alimentos y la expedición que consiguió establecer contacto con el exterior.
La experiencia comparte con otros rescates prolongados, como el de los trece atrapados en Tham Luang o el de los 33 mineros de Chile, el problema de sostener la vida en un lugar aislado. Sin embargo, en este caso el rescate dependió primero de que dos sobrevivientes abandonaran el refugio, encontraran señales de presencia humana y lograran hacer llegar un mensaje.
Una historia preservada junto a sus pérdidas
La experiencia fue contada por los sobrevivientes y preservada por sus familias, fundaciones y el Museo Andes 1972. Las versiones cinematográficas forman parte de la manera en que el caso ha sido conocido, pero no sustituyen el relato de quienes vivieron los hechos. La historia reúne decisiones sin alternativas limpias, cooperación dentro del fuselaje y una expedición final que desafió las estimaciones de distancia.
También exige distinguir entre lo que quedó documentado en el desenlace y las reconstrucciones posteriores de aquellos días. Está establecido que el avión chocó, que la búsqueda fue suspendida, que una avalancha causó nuevas muertes, que Parrado y Canessa marcharon hacia el oeste y que el rescate se completó después de 72 días. La interpretación de las decisiones tomadas en el fuselaje pertenece a los testimonios y relatos preservados por los sobrevivientes y sus familias.
El desenlace no elimina las pérdidas provocadas por el impacto, los días posteriores y la avalancha. Las recuerda junto a la voluntad de los dieciséis que regresaron y a la ayuda que hizo posible completar el rescate. La presencia de Catalán, el aviso a las autoridades y la llegada de los helicópteros conectaron la resistencia del grupo con una operación que pudo sacar a los sobrevivientes del valle.
Preguntas frecuentes
¿Cuándo ocurrió el accidente de los Andes?
El avión chocó contra los Andes el 13 de octubre de 1972, durante el vuelo de Montevideo a Santiago.
¿Cuánto tiempo estuvieron aislados los sobrevivientes?
El rescate se completó 72 días después del accidente, el 23 de diciembre. Un primer grupo fue rescatado el 22 de diciembre, pero el mal tiempo obligó a completar la operación al día siguiente.
¿Quiénes salieron a buscar ayuda?
Fernando Parrado y Roberto Canessa continuaron la marcha hacia el oeste durante diez días. Antonio Vizintín los acompañó inicialmente, pero regresó para que los otros dos utilizaran su ración.
¿Cómo consiguieron avisar de su situación?
Parrado y Canessa encontraron al arriero chileno Sergio Catalán al otro lado de un río y lograron comunicarle lo ocurrido mediante una nota lanzada con una piedra. Catalán cabalgó para avisar a las autoridades.
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