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El movimiento de las Madres de Plaza de Mayo comenzó el sábado 30 de abril de 1977, cuando un grupo de aproximadamente catorce o quince mujeres se reunió en la Plaza de Mayo de Buenos Aires para reclamar información sobre sus hijos e hijas desaparecidos durante la dictadura iniciada el 24 de marzo de 1976. No fue todavía una marcha organizada: buscaban ser recibidas por las autoridades y obtener respuestas. La presión policial, que les ordenó “circular”, transformó aquella reunión en una caminata alrededor de la pirámide central, origen de una de las expresiones más persistentes de defensa de los derechos humanos en Argentina.

Qué estaba ocurriendo en Argentina cuando se reunieron

La reunión tuvo lugar durante la última dictadura cívico-militar argentina, que gobernó el país entre 1976 y 1983. El régimen desplegó un sistema clandestino de secuestros, torturas, asesinatos y desapariciones forzadas contra personas perseguidas por razones políticas, sociales o sindicales. Las familias solían recibir silencio, respuestas contradictorias o negativas oficiales cuando intentaban averiguar dónde estaban sus parientes.

La desaparición forzada producía una incertidumbre especialmente difícil de combatir. No había un cuerpo, una sentencia ni un registro público que confirmara el destino de la persona. En muchos casos, los familiares debían recorrer comisarías, juzgados, hospitales, cuarteles e iglesias sin conseguir una respuesta verificable. Esa experiencia compartida llevó a distintas familias a buscar formas colectivas de reclamar.

El Estado pretendía presentar los secuestros como hechos aislados o negar que estuvieran bajo su responsabilidad. Por eso, la decisión de reunirse frente a la Casa Rosada tenía un significado concreto: trasladar el reclamo al espacio público y vincular directamente la desaparición de los jóvenes con el poder que controlaba el país.

Cómo surgió la idea de ir a la Plaza de Mayo

Antes del 30 de abril, varias madres ya se habían encontrado en oficinas públicas, iglesias y dependencias militares mientras buscaban a sus hijos. En esos encuentros descubrieron que sus casos no eran individuales, sino parte de un problema que afectaba a numerosas familias.

La propuesta de acudir a la Plaza de Mayo se atribuye a Azucena Villaflor de De Vincenti, una de las mujeres que impulsaron la organización inicial. La idea era reunirse frente a la sede del gobierno para solicitar una audiencia y exigir que las autoridades informaran sobre el paradero de los desaparecidos. Muchas de las participantes no se consideraban militantes políticas ni pensaban fundar una organización formal; actuaban como familiares que reclamaban por sus hijos.

Las fuentes no siempre coinciden en el número exacto de mujeres que participaron en aquel primer encuentro. Algunas referencias hablan de catorce madres y otras de unas quince. La diferencia no altera el dato central: fue un grupo pequeño, formado por mujeres que comenzaron a reconocerse entre sí como afectadas por una misma política de desaparición.

Qué ocurrió el 30 de abril de 1977

La primera reunión se celebró un sábado, en una plaza con poca actividad. Las mujeres esperaban que la concentración llamara la atención de funcionarios, periodistas o transeúntes, pero no obtuvieron la respuesta que buscaban. La presencia policial también limitó la posibilidad de permanecer reunidas.

Durante la dictadura regía el estado de sitio y la policía utilizaba la orden de “circular” para impedir reuniones en la vía pública. Como no podían quedarse quietas en grupo, las mujeres empezaron a caminar de a dos alrededor de la pirámide de Mayo. Aquel gesto práctico, provocado por la vigilancia policial, terminó convirtiéndose en la forma característica de su protesta.

La primera ronda no produjo la aparición inmediata de los desaparecidos ni una respuesta oficial. Su importancia estuvo en otro punto: permitió que las madres hicieran visible una denuncia que el régimen intentaba mantener fuera de la conversación pública. También creó un lugar y un momento reconocibles para volver a encontrarse.

Por qué la protesta se convirtió en una ronda semanal

Después de aquella experiencia, las madres decidieron regresar en un día laborable, cuando hubiera más personas en el centro de Buenos Aires. Las reuniones de los jueves fueron adquiriendo regularidad y, con el tiempo, la caminata alrededor de la pirámide se transformó en una práctica semanal.

La ronda cumplía varias funciones. Servía para intercambiar información sobre trámites y denuncias, acompañar a las familias recién llegadas y demostrar que los casos seguían abiertos. También desafiaba la pretensión de que las desapariciones no existían o no tenían relación entre sí.

Al principio, las participantes no llevaban necesariamente símbolos idénticos. Para identificarse en actos y concentraciones utilizaron distintos recursos, y en octubre de 1977 empezaron a usar pañuelos blancos durante una peregrinación a Luján. El pañuelo, asociado originalmente a los pañales de sus hijos, se convirtió después en el emblema internacional del movimiento.

La represión también alcanzó a las primeras organizadoras

El régimen no aceptó la protesta como una actividad neutral. Las madres fueron vigiladas, hostigadas y, en algunos casos, perseguidas por los servicios de inteligencia. A finales de 1977, varias personas vinculadas a la organización fueron secuestradas, entre ellas Azucena Villaflor, Esther Ballestrino de Careaga y María Ponce de Bianco. Sus desapariciones mostraron que el aparato represivo también actuaba contra quienes denunciaban públicamente los secuestros.

La represión no disolvió al grupo. Por el contrario, reforzó la decisión de mantener la presencia en la plaza y de buscar apoyo en organismos argentinos y extranjeros. Las madres combinaron peticiones, denuncias, reuniones, publicaciones y apariciones públicas. Su estrategia no dependía de una confrontación armada, sino de insistir en preguntas que el Estado no quería responder: quién había detenido a sus hijos, dónde estaban y qué había ocurrido con ellos.

Cómo pasó de una búsqueda familiar a una causa de derechos humanos

El movimiento cambió gradualmente. Su reclamo inicial era la “aparición con vida” de los hijos desaparecidos, pero la experiencia de la represión y la falta de respuestas lo llevó a exigir verdad, justicia y reconocimiento de la responsabilidad estatal.

La visibilidad internacional fue importante. Las imágenes de mujeres con pañuelos blancos frente a la Casa Rosada ayudaron a difundir fuera de Argentina las denuncias sobre desapariciones y centros clandestinos de detención. La cobertura extranjera y la intervención de organismos internacionales dificultaron que el gobierno militar controlara completamente el relato sobre la represión.

En paralelo, otros familiares organizaron sus propias asociaciones. Las Abuelas de Plaza de Mayo surgieron en 1977 para buscar a los niños y niñas separados de sus madres desaparecidas y recuperar sus identidades. La existencia de ambos movimientos mostró que la desaparición forzada también había producido una crisis específica de filiación y derecho a la identidad.

Qué cambió después del regreso de la democracia

El retorno constitucional del 10 de diciembre de 1983 abrió nuevas vías institucionales. El presidente Raúl Alfonsín creó la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, conocida como CONADEP, para investigar las desapariciones y reunir testimonios de sobrevivientes y familiares. Su informe, Nunca Más, publicado en 1984, documentó la existencia de un sistema organizado de represión y aportó pruebas para el Juicio a las Juntas de 1985.

La democracia no resolvió de inmediato todos los reclamos. Persistieron debates sobre responsabilidades, leyes de impunidad, indultos, reparaciones y la identificación de restos. Las Madres continuaron reuniéndose y reclamando justicia, aunque con diferencias internas sobre estrategias, objetivos y relación con los gobiernos democráticos.

Su influencia también se extendió más allá de los casos individuales. La ronda de los jueves convirtió la Plaza de Mayo en un lugar de memoria y protesta. El pañuelo blanco pasó a representar la defensa de los derechos humanos, la denuncia de las desapariciones forzadas y la exigencia de que los crímenes de Estado fueran investigados.

Cuál es el legado de la primera ronda

El 30 de abril de 1977 no fue el final de una crisis ni produjo una solución inmediata. Fue el comienzo de una forma de acción colectiva nacida de la desesperación y convertida en organización. Un grupo reducido de mujeres aprovechó su condición de madres para ocupar un espacio público que la dictadura pretendía controlar y para hacer visible la ausencia de sus hijos.

El legado de aquella primera reunión se encuentra en la continuidad de las rondas, en la conservación de testimonios y documentos, y en la influencia que el movimiento ejerció sobre las políticas de memoria, verdad y justicia. También reside en una idea sencilla: frente a una desaparición que buscaba borrar a una persona de los registros y de la sociedad, la presencia repetida de sus familiares podía mantener su nombre y su historia en el espacio público.

Preguntas frecuentes

¿Cuándo se reunieron por primera vez las Madres de Plaza de Mayo?

El primer encuentro reconocido ocurrió el 30 de abril de 1977 en la Plaza de Mayo de Buenos Aires.

¿Por qué comenzaron a caminar alrededor de la pirámide?

La policía les ordenó circular porque estaba prohibido permanecer reunidas en la vía pública bajo el estado de sitio. Ellas comenzaron a caminar de a dos.

¿Cuándo apareció el pañuelo blanco como símbolo?

Las Madres lo utilizaron por primera vez en octubre de 1977, durante una peregrinación a la ciudad de Luján.