La erupción del volcán Galeras ocurrió el 14 de enero de 1993, cerca de San Juan de Pasto, Colombia, cuando una explosión freatomagmática se produjo en el cráter mientras un grupo de científicos realizaba un taller internacional de volcanología. Murieron seis volcanólogos y tres turistas que se encontraban en la zona; varios investigadores resultaron heridos. El episodio sorprendió por la rapidez y la violencia de una explosión relativamente pequeña, pero también reveló lo difícil que era evaluar el peligro de un volcán activo incluso cuando estaba siendo vigilado por especialistas.
¿Por qué había científicos dentro del cráter?
El Galeras había vuelto a mostrar actividad en 1988, después de décadas de relativa calma. Desde entonces se habían registrado emisiones de ceniza, explosiones y cambios en el interior del cráter. Por su proximidad a Pasto y por su historial eruptivo, el volcán había sido incluido en un programa internacional conocido como Decade Volcanoes, impulsado para estudiar volcanes peligrosos y mejorar la prevención de desastres.
En enero de 1993 se celebraba un taller internacional dedicado precisamente al Galeras. Más de noventa científicos participaban en las actividades generales, aunque solo una parte del grupo descendió al cráter. La excursión tenía objetivos científicos concretos: tomar muestras de gases, examinar depósitos recientes y realizar mediciones geofísicas, entre ellas observaciones relacionadas con la gravedad y la estructura interna del volcán. La visita no era turística, sino una actividad de campo organizada dentro de una investigación internacional.
¿Qué señales había mostrado el Galeras antes de la tragedia?
El volcán no estaba completamente dormido. Entre 1989 y 1992 había producido varias fases de actividad, incluida la formación de un domo de lava en el cráter principal. Ese domo fue destruido parcialmente por una explosión el 16 de julio de 1992. Los registros también mostraban terremotos volcánicos, emisiones de gases y señales sísmicas de baja frecuencia conocidas como eventos “tornillo”.
Sin embargo, la actividad previa no permitía predecir con exactitud el momento de la explosión del 14 de enero. Las erupciones de 1992 y 1993 fueron descritas posteriormente como eventos de baja intensidad, con columnas relativamente pequeñas y poco volumen de material expulsado. El problema no era la ausencia total de señales, sino que esas señales no indicaban de forma inequívoca que una explosión inmediata estuviera a punto de producirse. Estudios posteriores señalaron que las erupciones podían comenzar de manera muy brusca y que los niveles de sismicidad, deformación y dióxido de azufre antes de algunos episodios eran bajos.
¿Cómo ocurrió la explosión del 14 de enero?
La explosión se produjo por la tarde, aproximadamente a la 1:40. Fue un evento freatomagmático: el calor y los materiales del sistema volcánico interactuaron con agua presente en el subsuelo, generando una expansión repentina de vapor y fragmentos. La detonación lanzó bloques y material caliente desde el cráter, alcanzando a las personas que se encontraban en el interior.
La violencia se concentró en el área del cráter y no correspondió a una gran erupción capaz de destruir toda la montaña. Precisamente por eso el caso resultó tan desconcertante: una explosión de volumen limitado podía ser mortal para quienes estuvieran cerca del conducto eruptivo. Las fuerzas del chorro, los proyectiles y los gases calientes provocaron la mayoría de las lesiones y muertes.
Murieron seis científicos: cuatro colombianos, un investigador británico y uno ruso, según el informe inicial del Servicio Geológico de Estados Unidos. También fallecieron tres personas que no formaban parte del taller científico. Tres investigadores estadounidenses resultaron heridos, uno de ellos de gravedad, y otro científico procedente de Ecuador sufrió lesiones.
¿Por qué la tragedia sorprendió a los expertos?
La tragedia puso de manifiesto una dificultad central de la volcanología: estudiar un volcán activo exige acercarse a sus zonas más informativas, pero esas mismas zonas pueden volverse letales en segundos. Los investigadores contaban con observaciones instrumentales y experiencia de campo, pero la información disponible no ofrecía una advertencia concluyente sobre una explosión inmediata.
Además, el Galeras presentaba un comportamiento especialmente complejo. La reactivación iniciada en 1988 combinaba emisiones de ceniza, crecimiento y destrucción de domos, cambios en los gases y diferentes tipos de terremotos. La actividad podía parecer moderada durante periodos breves y, aun así, producir explosiones súbitas en el cráter. Los análisis posteriores concluyeron que las erupciones de 1992 y 1993 tenían un inicio repentino, columnas pequeñas y escaso volumen, características que dificultaban utilizar únicamente la magnitud de la actividad como indicador del peligro inmediato.
¿Qué ocurrió después de la explosión?
La tragedia no terminó con el evento inicial. El Galeras continuó activo durante los meses siguientes. Hubo nuevas explosiones el 23 de marzo, el 4 de abril, el 13 de abril y el 7 de junio de 1993. La erupción del 23 de marzo lanzó ceniza hasta decenas de kilómetros y proyectiles que destruyeron una estación de comunicaciones situada cerca del cráter, aunque los dos policías que se encontraban allí no resultaron heridos.
La actividad del 7 de junio fue la mayor de aquella serie y expulsó más de un millón de metros cúbicos de material, según el registro del Programa Global de Vulcanismo del Smithsonian. La columna eruptiva se elevó varios kilómetros sobre el borde del cráter y fue acompañada por relámpagos y señales sísmicas. Estos episodios confirmaron que el volcán seguía siendo peligroso incluso después de la explosión que había causado la muerte de los científicos.
¿Qué cambió en la vigilancia volcánica?
El accidente impulsó una revisión de la relación entre investigación científica y gestión del riesgo. La vigilancia del Galeras ya existía, pero el episodio mostró que los datos de un observatorio no siempre bastan para autorizar el acceso a un cráter activo. A partir de entonces cobró mayor importancia la combinación de varias medidas: redes sísmicas, análisis de gases, observación visual, mediciones de deformación, mapas de amenaza y protocolos de exclusión más estrictos.
También se reforzó una lección que sigue siendo fundamental: una erupción pequeña en términos geológicos puede tener consecuencias graves si ocurre cerca de personas. El volumen expulsado, la altura de la columna o la duración de una crisis no son los únicos criterios para evaluar el riesgo. La distancia al conducto, la posibilidad de explosiones repentinas y la presencia de proyectiles balísticos pueden determinar la supervivencia.
La tragedia del Galeras se convirtió así en un caso de estudio internacional. No fue simplemente un accidente durante una expedición, sino una advertencia sobre los límites de la predicción volcánica. El episodio recordó que la ciencia puede mejorar la vigilancia y reducir el riesgo, pero no eliminar por completo la incertidumbre de los volcanes activos.
Preguntas frecuentes
¿Cuándo ocurrió la erupción del Galeras?
La explosión que causó la tragedia ocurrió el 14 de enero de 1993, en horas de la tarde, en el cráter principal del volcán, cerca de Pasto, Colombia.
¿Cuántas personas murieron?
Murieron nueve personas: seis volcanólogos que participaban en el taller científico y tres personas que se encontraban en el cráter sin formar parte del grupo de investigadores.
¿La erupción fue una de las mayores del Galeras?
No. Fue una explosión localizada y relativamente pequeña en volumen, pero extremadamente peligrosa para quienes estaban cerca del conducto. La actividad posterior de junio de 1993 expulsó una cantidad mucho mayor de material.

